11 de diciembre de 2013

El beso

Enterrada en la desgranada tierra nacía de la semilla el primer brote, abriéndose paso en el frío suelo, tocando el aire, descubriendo la noche en un limpio cielo de julio vestido de azul desplegando un circo de soles lejanos; el pequeño verdor vio a la luna redonda imperfecta. Ambos se miraron y encontraron en el otro su razón de ser. La noche se desgastó en estrellas fugaces y cantos de búhos; el joven brote observaba como la luna desaparecía tras las copas de los árboles que envejecían a su lado, desesperó mientras ella avanzaba ansiosa para ser noche otra vez y volver a verlo. Comprendió él, tras varios días, el juego de escondidas; trabajaba con la luz del sol esperando la oscuridad para extender sus tiernas ramas hacia arriba donde ella aparecía de nuevo. La luna dibujaba su sonrisa por primera vez para él; el brote miró a los demás árboles colosales a su lado, erguidos al cielo que parecían ya casi tocarla y por su sangre ardió el deseo de alcanzarla.
El amor creció con las estaciones que pasaban año tras año y a cada luna llena esperaba el pequeño árbol con ansias para verla completa, desnuda en sus formas, brillando eterna. El sauce se erguía, pero a pesar de sus esfuerzos por alzarse hacia el cielo caía de lado prisionero de su naturaleza. Pasaron las décadas y él acariciaba con sus finas ramas la tierra siendo refugio de amantes que se enredaban bajo su copa a la hora del amor; imaginaba que era tan alto como las secuoyas que crecían a su lado y encorvado soñaba con verla radiante pasar a su lado, acurrucarla en sus brazos y besarle la boca.
Una noche vencidos por la impaciencia ella se acercó a él tanto como el sol lo permitiera y él alzó sus ramas con la ayuda del fuerte viento, pero ni siquiera fue suficiente para sentir su aroma, para saberla cerca. La derrota comenzó a saberles en la boca, los sonidos del bosque oían a engaño, desde esa noche continuaron viéndose pero ya entregados, sin ansias, sólo con la costumbre de desearlo. Ella escondió su rostro hasta rayar el cielo con una sonrisa fina para luego desaparecer. La siguió la temporada de tormentas, las noches nacían oscuras, atiborradas de manchas negras una y otra vez. La lluvia encontró al sauce solo y lo golpeó durante días contra la tierra, sacudiendo sus ramas sobre el tronco maduro tatuado con corazones hechos con navajas de otras épocas. 
La próxima era noche de luna llena, él esperaba con ansias, la había extrañado; a pesar de todo tan sólo quería verla. Pero esa noche la tormenta rugió a sus espaldas apagando todas las luces del firmamento, el sauce miró hacia arriba cegado por la corriente que recorría las sombras que vagaban el cielo, la lluvia se confundió en sus lágrimas cuando el rayo golpeó el corazón del viejo árbol que perdió el equilibrio y cayó por su peso hacia un costado del acantilado, aferró sus raíces al suelo y se quedó así, quieto, bebiendo el agua del lago. El sol irrumpió en la madrugada alejando la oscuridad y las nubes; halló al sauce herido derramando su pena sobre la cristalina agua del lago que bañaba las rocas, observó su tristeza durante todo el día y al partir le dijo:
–Aquel momento que tanto añoraste al fin ha llegado -y resbaló sobre el horizonte llevándose el día con él.

Nada de esto comprendió el viejo sauce que continuó mirando las profundidades del lago mientras la noche clara se encendía sobre su cuerpo cansado. La luna se alzó monumental sobre el horizonte y al verlo derrotado corrió presurosa sobre el agua bebiendo las lágrimas que él había derramado; cuando al fin lo alcanzó, enredó su rostro blanco en las verdes manos y lo besó en la boca.

Victoria Montes